Me vistieron de nina

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sábado, 27 de abril de 2019
- - Última respuesta:  Marilinsofia3 - 9 ago 2019 a las 07:45
Hola, A mis doce años lo normal era que me gustara salir con mis amigos, chicos con los que podía salir a vagar por la calle, jugar fútbol en el parque o, en algunos casos, alguna mataperrada. Pero a los doce años uno nunca decide lo que quieres hacer en una tarde determinada. Mi madre entró a mi cuarto aquella mañana y me dijo que en la tarde me iba a llevar a la casa de su amiga, Susana Arrocén, para que pasara la tarde jugando con mi prima se llamaba claudia, Claudia, de mi misma edad. Yo le dije a mamá que no quería, que Claudia Arrocén era una niña boba y que me aburría solo la idea de pasar una tarde jugando juegos tontos con ella. Mi mamá me dijo, molesta, que eso a ella no le importaba un rábano, que igual iría y que si me negaba ella tenía sus modos de convencerme. Recordando que mi madre estilaba darme nalgadas cuando me comportaba mal, preferí hacerle caso. Me dijo que me bañara, que me pusiera mis shorts azules, mis calzoncillos blancos y una polera roja. Refunfuñando subí e hizo lo que me ordenó.

A las tres de la tarde estaba camino a casa de los Arrocén. Mi madre me dijo que Claudia era una buena chica, estudiosa e inteligente, y que me haría mucho bien salir con ella. Yo la miraba poniendo los ojos en blanco y sin hacerle caso, como solía hacer cuando me daban órdenes. Llegamos a la casa a la media hora. Nos recibió la señora Susana, muy amable, quien nos hizo entrar a la casa y nos sirvió unos refrescos. Llamó a Claudia para que bajara. Lo hizo inmediatamente, bajando las escaleras dando brincos. Era una chica de cabello rubio, muy blanca, de ojos celestes, algo llenita, de piernas robustas y un trasero gordo y que temblaba cuando caminaba. Ese día se había puesto un vestido corto de color azul que apenas si le cubría la mitad de los muslos, unas medias blancas hasta los tobillos y unos zapatos de charol negro. La señora Susana nos pidió que subiéramos al cuarto de Claudia a jugar mientras ella hacía té y galletas con mamá. Rezongando acepté, siguiendo a mi amiga forzosa.

Dentro de su cuarto solo había, como era de esperarse, juguetes de niña: hula-hulas, muñecas, casas de muñecas, juegos de maquillaje y cosas parecidas. Claudia se sentó en la cama y me propuso jugar un juego de mesa. Bueno, me dije, no hay nada mejor que eso en esta casa. Los juegos de mesa estaban colocados en una repisa sobre la cama de Claudia. Se subió sobre la cama y se empinó para alcanzar uno, ocasionando que el vestido se subiera y exhibiera buena parte de su rechoncho trasero. Este estaba cubierto por unos calzones blancos de algodón que se extendían por todas sus nalgas, ideales para una chica rellenita como ella... me sonreí cuando los tuve a la vista y se me ocurrió que podía divertirme un poco con mi amiguita. Le dijo que jugáramos damas chinas, y que por cada partida ganada el perdedor debía cumplir un castigo. Claudia aceptó acercándome el tablero, sin saber que en la escuela había ganado durante tres años el torneo de damas chinas que se celebraba antes de vacaciones. Yo era casi invencible, y sabía que mi contendiente en esta ocasión sería presa fácil.
Así fue. A los cinco minutos le había ganado la primera partida sin dificultad. Le dije que tendría que cumplir el castigo que yo le dijera. Ella asintió, pensando que la obligaría a cantar o a bailar. Pero, en cambio, le dije: “quiero que te pares de manos, apoyándote en la pared, durante dos minutos”. Ella se sorprendió y musitó: “pero si hago eso se me van a ver los calzones”. Yo le dije que ella lo había prometido antes de jugar y que si no cumplía, ya no iba a jugar más con ella en toda la tarde y que iría a decirle a su mamá que no estaba tratando bien a sus invitados. Con esa burda treta Claudia no tuvo más remedio que hacer lo que le decía. Se apoyó en la pared y se paró de manos. Su corto vestidito azul cayó rápidamente sobre su cara. Sus calzones blancos ahora sí se mostraban en todo su esplendor: eran de algodón, con unos pequeños encajes en los bordes de las piernas, y un lacito rosado en el frente. Los observé detenidamente, con una media sonrisa, mientras Claudia se sonrojaba, indefensa, de cabeza.

Luego de los dos minutos le dije “ahora juguemos una partida más”. Esta vez Claudia se esforzó, pero a los ocho minutos le estaba ganando de nuevo. Ella suspiró, derrotada: “¿y ahora qué debo hacer?”. “Muy fácil, tienes que quitarte los calzones y ponerte los que yo escoja de tu armario”. Ella se negó airada: “Eso no, no me voy a quitar los calzones frente a ti”. Yo le dije que si quería podía utilizar la puerta del armario como biombo. Resignada, eso fue lo que hizo. Se quitó los calzones blancos oculta tras la puerta y los escondió debajo de su almohada. Yo comencé a buscar el cajón donde guardaba su ropa interior, hasta que lo encontré, y saqué unos calzones igual de grandes que los otros, solo que de color amarillo y con un gran corazón en el trasero. Se los extendí para que se los pusiera, cosa que hizo rezongando, intentando no mostrarme las nalgas mientras los subía por sus muslos. Luego de que estaba con los calzones que le había seleccionado, jugamos una tercera partida.
Esta fue más rápida que las anteriores: a los tres minutos la había vencido sin dificultad. Ella, que ya se sentía algo humillada, me miró y me preguntó con los ojos qué era lo que debía cumplir ahora. Yo me sentía poderoso, dueño de su destino, absolutamente impune sobre las decisiones que tomara sobre Claudia, y eso terminaría siendo mi perdición. Pero en ese momento solo pensaba en demostrar mi poder. Le dije que se doblara apoyando las manos sobre la cama, cosa que hizo lentamente. Apenas estuvo en esa posición, me puse detrás de ella y le levanté el vestido, dejando ver sus calzones amarillos y el gran corazón rojo en el trasero sin dificultad. Ella se estremeció cuando hice eso, pero no dijo nada. Luego de mirar a mis anchas su trasero rechoncho, le bajé los calzones hasta la mitad de los muslos. Solo dio un leve gemido sus piernas temblaron. Le dio tanta vergüenza que hasta sus nalgas se pusieron rojas del bochorno, cosa que disfruté. Entonces tomé un cepillo de su escritorio y le endilgué diez nalgadas, cinco en cada uno de sus pompas. Luego lo solté y me comencé a reír de mi travesura. Claudia se quedó dos segundos en esa posición mientras lloraba de dolor. Luego se subió los calzones y, llena de rabia, bajó raudamente las escaleras. Entonces me dejé de reír: sospeché lo que iba a pasar y me di cuenta de que se me había pasado la mano. Antes de que pudiera reaccionar, Claudia había regresado con mi madre y la suya detrás. Las tres tenían cara de estar muy, muy molestas. Yo ni siquiera podía musitar palabra: estaba seguro de que esta vez no me iba a librar tan fácil.
-Así que crees que puedes hacerle pasar un mal rato a Claudia y que no vamos a tomar cartas en el asunto –dijo, muy severa, la madre de Claudia, con los brazos cruzados.
-Pero por supuesto que la pagará –dijo mi madre, tranquila, pero muy seria- ahora me lo llevaré a casa y mañana nos tomaremos el té con galletas que habíamos tenido que tomarnos hoy. Lo tomaremos con algunos cambios por este incidente.

Al día siguiente del incidente con Claudia, mi madre no había tomado ninguna represalia contra mí, a pesar de la gravedad de mi falta. Llegamos a casa y todo fue muy ordinario: me senté a ver televisión, un rato después anunció que ya estaba la cena, nos sentamos juntos a tomarla, conversamos, estuve viendo tele hasta las diez. De ahí me fui a acostar. Al día siguiente, sin moros en la costa: desayuné, estuve muy tranquilo hasta luego del almuerzo, y mientras me esforzaba en ganar el último videojuego que me habían regalado en navidad, mi madre entró en mi habitación y me dijo:

-Claudia y su mamá llegan en media hora para tomar té con nosotros, como te dije ayer. Por ello creo que sería bueno que te vayas vistiendo.

-No te preocupes, mamá, voy a usar lo que tengo ahora –dije sin despegar los ojos de la pantalla, absorto en los zombies que estaba exterminando. En ese momento llevaba puesta una playera blanca y mis jeans negros.

-No lo creo. Esta vez yo te escogeré la ropa que usarás. Es más, ya está escogida –la voz de mi madre se había vuelto más severa, lenta, disfrutando casi las sílabas que pronunciaba- así que vamos a mi cuarto para que la veas.

Mi sexto sentido mi indicó que lo mejor era hacerle caso. Puse mi juego en pausa y la acompañé a su habitación. Sobre la cama había un vestido de niña blanco bastante corto, unas medias blancas de algodón hasta la rodilla y unos calzones blancos en cuya parte trasera decía, en letras rosadas “la pequeña de mamá”. Yo miré a mi madre sin entender, pero poco a poco todo me fue muy claro. Sin creérmelo todavía, solo pude decirle:

-¡No puedo usar un vestido, soy un niño, un niño de doce años! ¡No! ¡Y menos frente a Claudia y a su mamá! ¡Sería muy humillante!

-¿Crees que sería muy humillante? ¿Crees eso realmente? ¿Crees que no fue humillante para Claudia estar sometida a todas las cosas que le hiciste ayer? ¿Crees que no es humillante para una niña mostrar los calzones? ¿Crees que le gustó que le bajaras los calzones para verle el trasero? Vas a ponerte esta ropa, y si no lo haces, te daré unas nalgadas y tomarás el té con nosotros solo en ropa interior de niña. Así que tú decides.

La verdad es que en esta situación ya no me quedaban argumentos. Y la verdad es que todo me había tomado tan de sorpresa... sin entender nada me comencé a quitar la ropa mientras mi madre me ayudaba, me pasaba la playera por los brazos, me desabrochaba el pantalón y me quitaba las medias. Luego me hizo ponerme los calzones, que eran amplios, cubrían todo mi trasero y se me veían ridículos: un niño de 12 años usando unas pantaletas que decían en la tarde trasera “la pequeña de mamá” no podía ser sino la imagen de la derrota. Mi mamá me obligó a mirarme en el espejo mientras me cambiaba. Pronto tuve el vestido puesto. Era, efectivamente, muy corto: no me llegaba más allá de la mitad de los muslos. No pude decir nada, pues ya mi madre me estaba poniendo las medias de algodón hasta las rodillas, y sacaba unos zapatos negros de charol del clóset antes de que pudiera hacer cualquier gesto en contra. En tres minutos estaba vestido como toda una niña de diez años. Cuando me vi en el espejo, solo pude llorar. Sollozando le rogué a mamá que no me obligara a bajar así, que no podría soportar la humillación, prometí que sería un chico bueno y que me disculparía con Claudia por todas las maldades que le hice. Pero mi madre fue inflexible. “Si no bajas, créeme que te llevaré así como estás vestido al Centro Comercial a comprarte calzones. A ver qué prefieres”. Ante la sola posibilidad, me quedé callado y tuve que aceptar mi destino. A las cuatro en punto tocaron la puerta: era Claudia y su madre, era seguro. Mi madre terminó de ponerse los aretes y me dijo “voy a bajar a tomar el té. Y espero que tú también lo hagas. Como tienes puesto un vestido y unos calzones de niña, debes ser una niña. Por eso esta tarde no te llamarás Carlos, sino Carlina. Y tendrás que comportarte como una niña, o si no pagarás las consecuencias”.

Mi madre no me dejó alegar nada a mi favor, pues bajó a recibir a sus invitadas. Yo estaba muerto de pavor, y sentía que cada vez que me movía mostraba los calzones. Mis piernas desguarnecidas me hacían doblarlas de impotencia. Escuché cómo mi madre abría la puerta y saludaba a Claudia y a su mamá. A los pocos segundos, escuché un grito de mi madre: ¡Carlina, baja para jugar con Claudia! Solo esa exclamación me llenó de pavor. Ya no era Carlos sino Carlina, y sentí que Claudia se reía ante ese anuncio. Repleto de vergüenza, bajé. Claudia apenas me vio comenzó a reírse sin poder parar. Claudia estaba vestida con una playera roja y unos jeans, acompañados por unos zapatos negros. La mamá de Claudia tampoco pudo evitar soltar una risa abierta, mientras me miraban vestido como una niña llorosa. Yo ya había bajado la escalera y ella se me acercó, me dio la vuelta mirándome a mí, que no me atrevía a mirarla, con los hombros encogidos y con la cabeza gacha.
-Vaya, vaya, así que Carlina –rio, lentamente- qué bonita que estás. Eres una niña muy dulce. Vamos a divertirnos mucho esta tarde, ya lo verás. No dejaremos de hacer muchas cosas que desde ayer he estado planeando.

-Qué buena idea, Claudita -dijo mi madre- vayan a jugar juntos al cuarto de Carlina mientras nosotras preparamos las pastas y el té. Bajen en unos cuarenta y cinco minutos. Y Carlina, obedece en todo a Claudia, porque si no, ya sabes dónde iremos a comprarte calzones nuevos, ¿no?
Mi destino estaba sellado. Subí a mi cuarto seguido de Claudia, como si fuera a una cámara de torturas. No me equivocaba. Claudia apenas llegó a mi cuarto cerró la puerta y me dijo:
-Vamos a jugar ahora a algo en la que sí soy buena. Vamos a jugar a las divisiones.
Demonios. Yo era muy malo en matemáticas, y Claudia era la mejor de la escuela en eso. Me hizo una pregunta “¿Ocho entre seis? Me quedé mudo. No sabía que decir. Para no perder y tener que ser castigado, arriesgué como pude una respuesta: “¿Nueve?”. Claudia se rio maléficamente y me dijo:
-No Carlina, fallaste. Ahora deberás cumplir un castigo. El que yo escoja, por supuesto. Quiero que te pongas de espaldas y te inclines hacia adelante.

No tuve más remedio que aceptar. Eso hice y Carlina levantó mi vestido. Se veían mis calzones blancos con la inscripción “La pequeña de mamá”, y se carcajeó. “Eres una niña de su casa, Carlina. Qué calzones más lindos te han comprado. Eres la más nena de todas, no hay duda.” Comencé a sonrojarme y los ojos se me llenaban de lágrimas. Peor fue cuando Claudia me bajó los calzones hasta las rodillas. Me vio todo el trasero, sonrojado también, y me lo palmeó delicadamente. “Con ese trasero podrás conquistar muchos chicos cuando crezcas, Carlina. Está redondo y blanquito, como el de una buena niña inocente”. Yo no podía decir nada, ni callarla, porque sabía que mi castigo, aunque pareciera difícil, iba a ser mucho peor luego. Entonces volteé y vi que Claudia había sacado de su mochila una correa amarilla. La dobló y me dio diez fuertes nalgadas hasta que solo pude decir “por favor, basta”. Imaginaba que mi madre y la de Claudia habían escuchado mis gritos y los golpes en mi trasero abajo, pero no iban a hacer nada por salvarme. Luego de mi punición, Carla continúo con su juego infernal. Me miró a la cara y me dijo “¿Cinco entre tres”? No supe qué responder tampoco, y solo para tentar a la suerte, dije “ocho”. Claudia se rio con estrépito. “Que tonta eres, Carlina”. Luego señaló mi cama y me dijo: “vamos a jugar a la doctora. Tú ponte en cuatro patas sobre la cama mientras busco mis implementos para medirte la temperatura.

Así lo hice, sumisamente. Claudia en pocos segundos sacó un botiquín real de mi clóset y sacó un termómetro, pero me di cuenta de que no era oral sino rectal. Sabía que no podía contradecirla ni irme de la cama, pero comencé a llorar de verdad y a pedirle por favor que no me hiciera eso, que no me pusiera nada en mi culito, que tuviera piedad. Pero Claudia no me hizo caso: alzó mi vestido, me bajó los calzones e insertó el termómetro bien hasta el fondo. Yo lloraba terriblemente, sollozando sin parar. Claudia me dejó con el trasero en pompa, el termómetro como una banderita en una colina, mientras me miraba triunfante. Luego de cinco minutos me lo quitó y me dijo que me quitara también los calzones. Lo hice, y se los di en las manos. Los guardó en su mochila como “un recuerdo” y sacó de ahí una bolsa unos pañales de mi talla. Me arrodillé pidiéndole que no me los pusiera, que me perdonara todo, que haría lo que sea, pero que no me pusiera pañales. Claudia no me escuchaba. Me agarró del lóbulo de la oreja y me llevó a su cama. Me puso cremas y luego el pañal. Cuando me levanté, luego de la humillación más grande de mi vida, llevaba medias, un vestido y un pañal que se notaba abultado bajo mi ropa. Claudia me dijo que ahora sí podíamos bajar a tomar té.

Cuando bajamos mi madre y la de Claudia estaban listas para tomar el té. Mi madre mi notó caminando raro y me dijo que me veía como una gran y hermosa bebezuela. Yo ya no decía nada, solo asumía mi derrota con el rostro rojo por llorar. Luego del tomar el té y de estar forzado a comportarme como una niña con pañales, Claudia y su madre anunciaron que era tarde y ya se iban. Mi madre me obligó a despedirme con una reverencia y cuando se fueron, me llevó arriba y me quitó los pañales diciéndome: “Esta vez creo que ya fuiste bien castigado. Podrás volver a tu ropa de costumbre. Pero si te vuelves a portar mal, verás que lo de los pañales se quedará corto”. Tragué saliva. MI mamá sí que cumplía sus promesas y sobre todo sus amenazas.
un mes despues mi mama me dijo que me quedaria con mi prima porque sus padres se abian ido del pais y volverian en 6 dias.
mi mama me dio una maleta y dijo ay esta la ropa que vas a usar cuando llege ella me ensucio la ropa y me dijo ay perdon no sabia que habias llegado ve a cambiarte pero primero dame esa ropa sucia ella tomo la maleta fui al bano me quite la ropa y se la di ella me dio la maleta pero...
en la maleta solo habia ropa de nina calzones falda sostenes blusas e incluso una tanga y medias sabia que no podia ponerme esa ropa y se lo dije pero ella me dijo que me pusiera esa que ella no tenia ropa de chico le dije que no podia ponerme eso que me devolviera mi ropa pero ella dijo que no y la escondio tuve que ponermelo le dije que me ayudara entro y me puso una mini falda unos calzones blancos que no le deje ver porque ne la parte posterio ponia mis calzones de nina buena una blusa y sandalis y por detras en la maleta habia 3 bikinis pues ella tenia una picina cuando sali me hiso muchas fotos y me dijo si no quieres que ponga estas fotos en internet tendras que obedecer todo lo que te diga me dijo aun no e terminado de vengarme de lo que me hiciste y me dijo quero que te pongs de espaldas y te inclines hacia arriba me vio los calzones con la inscripcion mis calzones de nina buena se carcajeo y me inserto un termometro en las nalgas no pude hacer nada dure 10 minutos y cada vez ella me lo entraba mas luego me dijo que me pusiera de espaldas levantara mi falda por detras y mirara hacia atras me hiso una foto viendo mis calzones a la noche me dijo que me dejara poner uijn panal no podia hacer nada y acepte me puso el panal luego un chupon y me hiso otra foto me dijo que durmiera asi toda la noche a la manana me cerro los banos con llave y dijo que si tenia que hacer que hiciera en el panal 1 hora despues no aguante y me orine encima ella me olio y me lo quito y luego me dijo que me puera un bikini me dio un bikini rosa con una falda muy corta blanca sali con mucha verguenza a la picina entre y al terminar me dijo que me pusiera la tanga un brasier y medias me los puse me tapo la boca y me dijo que me dejara atar me ato dos cuerdas una en cada agujera para las piernas y las entrelaso y la jalo...
ella me colgo en tanga estaba dos metros de altura colgado ay con mucho dolor la tanga entre las nalgas me dolia demasiado no podia decir nada me habia tapado la boca y me dijo que dormiria asi luego en la manana me desperte con gran dolor ella me bajo y me bane luego pude escribir esto
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Vistele como niño y rapale la cabeza k mal te hucieron.

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Colgaron al final las fotos envia esas fotos
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mi hermano cuando yo tenia 15 años estavamos en mi casa yo tenia i vestido puesto y al dia siguente lo desubri poniendoselo y decia que el tambien queria sus 15 años y mi mama dijo que no y se enojo y se puso el vestido y se maquillo parecia chica mi mama se enojo y lo mando a la escuela con jumper y luego con falda y se puso a llorar
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Gracias
Muy buena historia
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