¿NEGLIGENCIA MÉDICA O CONJURA PARA MATAR A PABLO NERUDA? SE CUMPLEN 39 AÑOS DE SU MUERTE

¿NEGLIGENCIA MÉDICA O CONJURA PARA MATAR  A PABLO NERUDA? SE CUMPLEN 39 AÑOS DE SU MUERTE
El poeta Pablo Neruda en Barcelona, en 1971, cuando se dirigía a París para asumir como embajador de Chile.



La mañana del 21 de septiembre, Neruda despertó agitado. Comenzó a desgarrarse el pijama y gritaba que a sus amigos los estaban matando, que había que ir a ayudarles. Vino entonces una enfermera que le inyectó no se sabe qué y el poeta ya no volvió a despertar. Durmió dos días seguidos y al tercero, también de mañana, abrió los ojos, lanzó un grito de horror: "los están matando, los están fusilando", y murió sin haber vuelto a recuperar la consciencia.



POR RUBEN ADRIAN VALENZUELA, Periodista.



Quienes viven en Chile, todavía hoy, no han podido ver las fotos del estado en que quedó la casa santiaguina de Pablo Neruda, tras el sangriento golpe militar de 1973. Seis años después de estos sucesos, los chilenos que vivían en "esa loca geografía", tuvieron la primera noticia de que los domicilios del poeta en Santiago y Valparaíso, habían sido incendiados y saqueados durante los días del golpe militar que derrocó a Salvador Allende.
Eran apenas cuatro líneas de texto, al final de la página 82 de una edición extraordinaria que el semanario "Hoy" -ya desaparecido-, dedicaba a la memoria del Premio Nóbel y que venían a confirmar lo que todo el país murmuraba y los militares negaban por sistema.

"Es una más de las mentiras que el comunismo internacional ha lanzado contra nuestro gobierno", decía el dictador Pinochet, quién había firmado personalmente el decreto de expropiación de todos los bienes del poeta, alegando que pertenecían, por decisión testamentaria, al Partido Comunista.

"Me han autorizado a seguir ocupando mi casa de Isla Negra" -decía Matilde Urrutia, la viuda de Neruda-, "Pero yo no la quiero así", y se instaló a vivir en una habitación del también hoy desaparecido hotel Crillón, en pleno centro de Santiago. Allí, dos policías de paisano la vigilaban noche y día y a todo aquel que tomara contacto con ella.

Las casas del poeta, hoy convertidas en museos de la poesía, tenían características que hacían de ellas edificios singulares. Neruda, que no era arquitecto (no con título), las había construido paso a paso, con la ayuda de un albañil. Se dice que primero buscaba los objetos de colección que le enamoraban y, después, creaba los espacios.

"Neruda tenía una idea poética y humana de la arquitectura. Era arquitecto de sí mismo y para sí", dice Susana Inostroza, arquitecta chilena actualmente radicada en Barcelona. "Hice un trabajo sobre las tres casas que dejó Pablo y, a despecho de mis colegas, puedo afirmar que los espacios que él creó estaban en perfecta armonía con sus necesidades y con la idea que tenía de lo que debe ser la arquitectura puesta al servicio del hombre".

En sus casas, el autor de los "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", había depositado obras de arte de valor incalculable, recuerdos de sus viajes por el mundo, incunables que había rescatado de los mercados de pulgas de París, Ámsterdam o Buenos Aires, amén de mascarones de proa, lámparas antiguas y otros objetos de valor artístico singular.

En "La Chascona" -bautizada así en alusión a la cabellera siempre alborotada de Matilde, Neruda había ganado territorio al cerro San Cristóbal y había construido una casa que semejaba módulos dispersos por la ladera. La puerta de calle, que daba paso a una empinada escalera, llevaba hasta una terraza llena de árboles, enredaderas y otras plantas que Matilde cuidaba con esmero.

El salón comedor, atiborrado de cerámicas hechas por encargo y piezas de alfarería y arqueología, estaba presidido por un retrato de Neruda, hecho al óleo y con espátula por el famoso muralista ecuatoriano, Osvaldo Guayasamín. Cerca estaba un retrato de una mujer anciana, atribuido a un alumno de Caravaggio, y más allá un antiguo y valioso reloj de péndulo. El conjunto, ya en esa época, estaba valorado en varios miles, acaso millones, de dólares.

Destrucción de la memoria.

La viuda del poeta dejó dicho en sus memorias: "Aquí habíamos depositado poco antes (del 11 de septiembre de 1973), una colección de cuadros naïf. Nemesio Antúnez, que en ese momento era el director de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, había convencido a Pablo para que hicieran una exposición de esas pinturas en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Había muchos (cuadros) y provenían de diversidad de lugares: México, Colombia, Guatemala..." Con el derrocamiento de Salvador Allende se perdieron, junto con la democracia y las vidas de miles de chilenos demócratas, colecciones valiosas, libros singulares y cuadros de enorme valor. Alguien, que primero intentó incendiar la casa prendiendo fuego a los enormes árboles del jardín, la inundó luego desviando un canal de regadío que pasaba por las laderas del San Cristóbal, más arriba del edificio.

"Ahora, aquí, en este comedor" -sigue diciendo Matilde-, "estoy viendo confundidos con el barro negro, marcos destrozados, narices, piernas, cabezas de estatuas mutiladas. Una que otra cabeza de cisne de una colección de cerámicas polacas, asoma de repente. Los pedazos de caballos de greda (barro cocido), se confunden.

Todo ha sido roto por la furia insensata que ha asolado esta casa. Todos los que entraron para ayudarme a velar aquí el cadáver de Pablo, se llevaron un pedacito de ruina, de recuerdo. Sobretodo, los de la televisión extranjera". Y sigue diciendo en sus memorias la viuda de Neruda: "Al lado de la chimenea el inmenso reloj de esfera blasoné y color azul turquesa, no se salvó ni por su tamaño.

Se dieron el trabajo de desatornillar toda su maquinaria y sus ruedecitas estaban esparcidas por la habitación y el jardín". La pintura atribuida al alumno de Caravaggio quedó destrozada a navajazos y la dejaron por inservible. Pero otros cuadros, despojados de sus marcos, desaparecieron hasta el día de hoy.

Y Matilde Urrutia se preguntaba si sabrían lo que se habían llevado o si se daban cuenta del valor de lo destruido. "Si han sido capaces de hacer esto, ¿cuánto crímenes más serán capaces de cometer?

El último capítulo

Neruda, que hacía apenas unos meses había vuelto a Chile, tras renunciar a su cargo de embajador en Francia, descansaba en su casa de Isla Negra cuando la furia de los golpistas se dejó caer, en forma de bombardeos aéreos, sobre el palacio de La Moneda, en Santiago.

"Este es el fin", le dijo a su mujer y se metió en la cama. Ese gesto fue, probablemente, lo que salvó a la más famosa de sus residencias, del saqueo y destrucción que, en ese mismo instante, estaban padeciendo "La Chascona" en Santiago y "La Sebastiana" en Valparaíso. Sus amigos, los pocos que pudieron visitarle, intentaron ocultarle la gravedad de los hechos pero él, pegado a una radio de onda corta, vivía pendiente de los boletines informativos de emisoras de América y Europa.

Así se enteró, antes que el resto de sus compatriotas, de la muerte de su amigo, el Presidente Salvador Allende. Comenzó a sentirse mal y le aumentó la fiebre. El país se hallaba en estado de guerra interna, había toque de queda en todo el territorio y ninguna de las instituciones propias de la democracia funcionaba.

El 18 de septiembre ( día de la Independencia en Chile), algunas amistades consiguieron llegar hasta la casa del poeta. Se le veía demacrado y sin ganas de nada. Se negó a comer y parecía falto de energías, así es que recomendaron a Matilde que hiciese venir al médico de cabecera de su marido. El profesional, que se encontraba en Santiago, no creyó oportuno desplazarse hasta Isla Negra y ofreció mandar una ambulancia con salvoconducto militar, cosa que sucedió el 19 de septiembre por la mañana.

Cuando el vehículo asistencial emprendió la marcha, con Neruda en una camilla pero muy despierto, varias patrullas militares les salieron al paso para controlarles. Miraban en el interior y al constatar que el que iba en calidad de enfermo era el poeta Pablo Neruda, le dejaban seguir. Pero en Melipilla, poco antes de llegar a Santiago, un piquete de carabineros, al mando de un capitán, detuvo al vehículo y ordenó que todos, incluido el enfermo, bajaran para una inspección.

Matilde llevaba cogida la mano de su marido, pero los separaron con brusquedad y durante un rato no les permitieron hablar. Cuando reemprendieron la marcha, Neruda lloraba en silencio. "Por Chile lloraba", confesó después su viuda. Poco antes de entrar a Santiago les volvieron a parar y les volvieron a ordenar que abandonasen el vehículo.

Esta vez era una patrulla militar que miró hasta debajo de la camilla "en busca de armas o explosivos", según dijeron antes de autorizarles a continuar el viaje. Llegaron, finalmente a la clínica Santa María, donde el poeta quedó hospitalizado. El 20 de septiembre les visitó el embajador de México quien, por orden del presidente de su país, ofreció asilo al poeta y su familia y anunció que el avión presidencial mexicano estaba dispuesto para venir a buscarles. Neruda aceptó. Dijo que se iría de Chile por una temporada y que pensaba volver después de una temporada, tras haber recuperado su salud.

Morir en Chile.

El viaje estaba previsto para el 21 o 22 de septiembre y, para ganar tiempo, Matilde decidió volver, sola, a Isla Negra para disponer algunas cosas y preparar "un equipaje liviano". Todavía no sabían nada del saqueo de sus casas ni de otras cosas más graves. "Estaba en Isla Negra con una lista de libros que me había pedido Pablo, cuando sonó el teléfono", contaba Matilde. "Era él, desde la clínica, que me pedía que retornara inmediatamente a Santiago, que no hiciera preguntas, porque no podía hablar más". Matilde encontró a su marido muy agitado, sorprendido y molesto porque, según él, ella no se estaba enterando de lo que pasaba en el país.

"Me han dicho que mataron a Víctor Jara, que le destrozaron las manos porque se había puesto a cantarle a los otros presos políticos", explicó Neruda, casi a gritos, a su mujer, que sí sabía todas esas cosas pero que las había callado para no afectar más la salud de su marido. Ocurrió que los diplomáticos que habían ido a visitarle, tras la propuesta de asilo, le habían relatado todo el horror que se estaba viviendo en el país y eso afectó definitivamente su salud.

Comenzó a recordar su pasado, habló de su vida en común con Matilde y de su antigua amistad con Allende. Inmediatamente revocó su decisión de ir a México y anunció que no saldría de Chile, para estar con los perseguidos y los torturados. Y ordenó a Matilde que tomara algunas notas, a mano, para añadirlas a sus memorias, pero pronto cayó en una especie de delirio, le subió la fiebre y casi no durmió en toda la noche.

La mañana del 21 de septiembre, Neruda despertó agitado. Comenzó a desgarrarse el pijama y gritaba que a sus amigos los estaban matando, que había que ir a ayudarles. Vino entonces una enfermera que le inyectó no se sabe qué y el poeta ya no volvió a despertar. Durmió dos días seguidos y al tercero, también de mañana, abrió los ojos, lanzó un grito de horror: "los están matando, los están fusilando", y murió sin haber vuelto a recuperar la consciencia.

Un funeral en el barro.

Fueron a velarle a "La Chascona", abierta de par en par, desnuda de muebles y de cuadros, sin cristales ni en las puertas ni en las ventanas, llena de barro hasta más arriba de los tobillos y sin luz ni teléfono. Para meter el ataúd en la casa tuvieron que improvisar un puente de tablones. Y una vecina, de las pocas que se solidarizaban con las posiciones de izquierda del poeta, llevó una única silla que pusieron junto al cadáver para que pudiera velarlo su viuda.

Dentro no podían estar los periodistas ni los fotógrafos. Sólo alguien cercano al matrimonio, a hurtadillas, consiguió hacer las fotos que hoy ilustran este reportaje. Nadie puede decir, con exactitud, cuando podrán los chilenos que viven en Chile ver estos testimonios de uno más de los muchos crímenes olvidados de la dictadura de Pinochet. "Para hechos como este", dice un chileno afincado en Barcelona, "nunca habrá justicia suficiente".
Recientemente una sala de la Corte de Apelaciones de Santiago, que ya investiga la muerte y presunto asesinato del ex Presidente chileno Eduardo Frei, ha creído encontrar indicios de negligencia criminal en la muerte del Premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda. Ambos sucesos tuvieron como escenario la prestigiada Clínica Santa María, hoy somedita a investigaciones judiciales.

(rubénadrianvalenzuela@yahoo.es)